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  • El significado de la vida es mucho más rico y complejo que lo que el reduccionismo científico puede explicar

Ni la noción teológica de vida eterna contradice necesariamente la noción de vida biológica que tratan de explicar los científicos, según el físico jesuita François Euvé; ni existe una relación lógica y necesaria entre la explicación bioquímica de la vida y su naturaleza, cuyo significado no puede ser eliminado indagando profundamente en el tejido bioquímico de los organismos, "ya que se basa en relaciones interpersonales que hacen posible, en primer lugar, la vida humana comunitaria", en palabras del filósofo y teólogo jesuita Louis Caruana. Ambos expresaron sus reflexiones en las conferencias centrales del ciclo "¿Puede la ciencia definir la vida", organizado por la Cátedra de Ciencia, Tecnología y Religión, de la Universidad Pontificia Comillas, con el patrocinio de la Fundación Endesa y la Fundación Iberdrola.


"Es preciso ver que los asertos sobre Dios que sostenemos resultan compatibles con la visión global de lo real tal como puede formarse una mente actual, abierta a las teorías metafísicas y científicas acreditadas", señaló, al presentar  el ciclo, la Directora de la cátedra, Camino Cañón Loyes, quien destacó que este centro es un espacio académico donde encuentran eco las cuestiones complejas presentes en nuestra cultura que, con raíces en la ciencia y la tecnología, afectan al sentido o a las expresiones de la fe religiosa.

A los filósofos cristianos les corresponde un papel fundamental para superar la limitación positivista de una razón que se impone a sí misma la reducción a la actividad matemática y a lo que es experimentalmente verificable. "Es necesario -añadió la  profesora Cañón- que el sujeto en su integridad, con su dimensión ética, sus creencias, pasiones y afectos, ocupe el espacio actualmente reservado  exclusivamente a la razón desvinculada cartesiana".

Alicia Villar, profesora del Departamento de Filosofía, de Comillas, presentó a François Euvé. Tras sus estudios de doctorado en Física del Plasma hizo su tesis sobre teología de la creación. Sus ámbitos de investigación son las relaciones entre ciencia y religión, ecología y el pensamiento de Teilhard de Chardin. Actualmente es Decano de la Facultad de Teología del Centre Sèvres, de las Facultades Jesuitas de París. 

Para Euvé, el enfoque científico pretende mostrar la unidad del mundo al tomar la diversidad casi infinita de fenómenos naturales y reunirlos en un número limitado de principios sencillos (partículas elementales y leyes fundamentales). Del mismo modo, la biología molecular nos ha mostrado la continuidad entre el mundo inanimado y el animado. Todo ello nos sitúa en que el único principio explicativo de los fenómenos del mundo es un principio material, por lo que no se hace necesario invocar otros principios metafísicos como "el alma" o "el principio vital".

Una metafísica dualista, caracterizada por la oposición entre cuerpo y alma, materia y espíritu, deja la posibilidad de hablar de vida eterna sin contrapartida física. "Pero la fe cristiana -continuó- no permite tal dualismo, porque asocia la vida eterna a la resurrección del cuerpo o de la "carne". La vida eterna escapa a las explicaciones científicas, pero dejar rastros en la realidad concreta del mundo que podemos tratar de elucidar".

Se critica hoy el determinismo porque la ontogénesis (proceso de formación del organismo) no es la realización de un programa genético, sino un proceso abierto en el que se elabora un individuo entre una multitud de posibilidades, como explica el biólogo Jean-Jacques Kupiec. Dicho de otro modo, la contingencia es la clave de la evolución. La teoría de la evolución "ha remplazado la idea de un universo inalterable, de un tiempo reversible, por la idea de un universo en perpetua remodelación y atenido a la historia", como mantiene François Jacob, premio Nobel de medicina. Y a noción de historia Euvé asocia la de relación. "El viviente no encuentra su sentido más que en el contexto con el cual se relaciona, creando interrelaciones y dependencias que orientan su evolución". La fe cristiana no pretende explicar el mundo (cósmico o viviente). La salvación no viene de un conocimiento que pudiéramos tener del mundo, sino de acoger una "revelación". Nada, según Euvé, nos obliga a creer. Si una descripción racional de los fenómenos del mundo compele lógicamente al entendimiento, la fe en la resurrección es un acto libre.

La crítica de un modelo físico mecánico deja abierto el porvenir, como defiende el teólogo estadounidense John Haught, con su "metafísica del futuro", que no viene de un proceso científico y que trae lo desconocido. A  ello, Euvé suma un segundo elemento: "La relación forma parte integrante de la identidad del organismo. En la concepción teológica de la vida eterna, la relación es también un elemento central que llamamos "comunión". El signo más visible de la resurrección de Cristo no es tanto su cuerpo individual, sino el cuerpo comunitario que se volverá Iglesia. La noción teológica de vida eterna no contradice necesariamente la noción de vida biológica. Más bien, manifiesta potencialidades ocultas". Euvé  concluye que la apertura a lo desconocido y la apertura al otro ofrecen direcciones en las que se puede entablar un diálogo entre ciencia y teología.

Louis Caruana, jesuita maltés doctorado en Cambrigde tras haber cursado grados en ciencias, filosofía y teología, ha sido profesor en la Universidad Gregoriana de Roma, y ahora ejerce la docencia en el Heythrop College, de la Universidad de Londres. Académico adjunto del Observatorio Vaticano, su investigación trata cuestiones filosóficas y teológicas relacionadas con la mentalidad científica. Le presentó Mario Castro, profesor de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería (ICAI) y miembro de la Comisión Permanente de la Cátedra de Ciencia, Tecnología y Religión.


Caruana hizo un recorrido histórico del proyecto humano para llegar al fondo de la naturaleza oculta de la vida, desde Demócrito y Aristóteles. De  las actuales líneas de investigación, mencionó dos: la relacionada con la emergencia y la que estudia los criterios para la aparición de la vida. Citó a Erwin Schrödinger, uno de los fundadores de la mecánica cuántica, cuyas propuestas sobre cómo la vida podría haber surgido a partir de materia no viviente han inspirado nuevas investigaciones sobre la naturaleza del código genético. En tales propuestas Caruana ve una descripción de la vida en términos de propiedades emergentes que surgen de otras propiedades fundamentales, pero que no se pueden reducir totalmente a estas. Y aún quedan muchas preguntas sin respuesta en esta área.

Por otra parte, la mayoría de los científicos parece de acuerdo en siete características esenciales para que algo esté vivo. Pero persisten desacuerdos. No hay consenso sobre si los virus  son o no organismos vivos. Y otra fuente de desacuerdo se refiere a la noción de individuo, porque existen entidades, las biopelículas, que son agregados de microorganismos, principalmente bacterias, que son una especie de superorganismos respecto a sus  componentes, pero sin límites claros.

Para Caruana, el problema más profundo de este debate no es científico, sino filosófico. Toma como punto de partida el trabajo de dos filósofos norteamericanos de la lógica y el lenguaje: Saul Kripke y Hilary Putnam, que zanjan la tensión conceptual entre lo que el lenguaje cotidiano y la experiencia sugieren y lo que la ciencia descubre dando prevalencia a la ciencia, porque desvela la esencia de las cosas. Según esta tesis, si los científicos llegan a una definición molecular de la vida tendríamos que aceptarla.

Para Caruana sustituir un concepto cotidiano por una definición científica no está justificado, porque esta argumentación tiene un punto muy débil. Incluso si se llegara a una definición científica correcta, no podríamos considerarla como la noción única de la vida porque el concepto de la vida es mucho más rico que el que la ciencia pueda aspirar a ofrecer. El lenguaje de la vida cotidiana es muy complejo. Se refiere a diversas maneras de entendernos a nosotros mismos o a otras personas, diversas formas de articulación de la identidad personal, distintas formas de decir lo que somos. Estas dimensiones están muy lejos de cualquier cosa que la ciencia natural puede expresar, tienen que ver con la interpretación de las relaciones interpersonales, dependen del contexto cultural. Cuando preguntamos sobre el significado de la vida, el trasfondo de la pregunta puede ser teísta, existencial o de otro tipo.

Caruana contesta no a la  cuestión de si existe una relación lógica y necesaria entre la explicación bioquímica de la vida y la naturaleza de la vida, al igual que existe entre la fórmula H2O y el agua. "El significado de la vida -afirma- se mantiene intacto en su forma y en su importancia. Sobresale libremente con respecto a la ciencia, conservando intacto todo lo que la ciencia puede ofrecer en cuanto a la bioquímica de la vida. El significado de la vida no puede ser eliminado indagando más y más profundamente en el tejido bioquímico de los organismos. El significado de la vida no puede ser eliminado ya que se basa en relaciones interpersonales que hacen posible en primer lugar la vida humana comunitaria".

Cerró el ciclo una mesa redonda en la que, con Caruana, intervinieron José Antonio Abrisqueta, doctor en Ciencias Biológica, licenciado en Medicina y Cirugía, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y profesor del Máster Universitario en Bioética, de Comillas; y Guillermo Giménez, SJ, doctor en Ciencias Biológicas, licenciado en Filosofía e investigador  del CSIC, de cuyo Comité Científico Asesor es miembro, además de académico de la Real de Farmacia.
Según Abrisqueta, un sociólogo no explicaría las relaciones humanas sobre la base de la física cuántica. El materialismo inherente de la teoría reduccionista no deja lugar a la conciencia y el espíritu del hombre, que quedan fuera de la capacidad del análisis reduccionista. Por tanto, la ciencia no puede hacer más que una aproximación imperfecta a la definición de la vida. Nada prohíbe ver a Dios tras la realidad, y hace falta un diálogo constructivo entre ciencia y religión.

Por su parte, Giménez aseguró que los neurocientíficos saben cómo funcionan sistemas básicos neurológicos, pero no saben hacer las ecuaciones para formular los modelos que han descubierto. A lo que Abrisqueta añadió que  hoy  disponemos de mayor conocimiento para conocer el ser vivo, pero nos encontramos con unas limitaciones que no nos dejan adentrarnos en su esencia vital. "A lo sumo, describimos, pero no definimos  su identidad".

El moderador, Fernando Sols, catedrático de Física de la Universidad Complutense y miembro del Consejo Asesor de la Cátedra de Ciencia, Tecnología y Religión, cerró el debate proponiendo que el reduccionismo asuma ir hasta el final desde la perspectiva de la mecánica cuántica, pero sin impedir que se critique su falta de consideración y análisis de elementos vitales esenciales a la vida humana.

11/07/2012

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